Sorprendida y emocionada, abrí el paquete. Era mi libro preferido. Me hizo tanta ilusión que preferí ocultarle que ya lo tenía y que lo habría leído una docena de veces.
Cuando llegué a casa lo dejé en la mesilla, junto a la cama. Cada noche, antes de acostarme, acariciaba el título de su portada: Travesuras de la niña mala, y leía embelesada su dedicatoria:
Porque siempre hay que saber mirar en el interior, con cariño:
Víctor.
Después de un mes, me preguntó si me había gustado el regalo. Le respondí que sí, que me había entusiasmado. Y le comenté lo que más me había impactado. No volví a saber de él. Tuvieron que pasar diez años y una mudanza, para que al hojear el libro me encontrase una flor seca junto con una nota que decía:
¿Te casarías conmigo?, si es que no tu silencio me bastará.
Habría dicho sí.