I
DESPERTAR
El espejo me muestra los daños de mi cuerpo y de mi alma. Ayer fui nuevamente protagonista en la ceremonia del desconcierto, otro pasito más acumulado en el insalvable proceso de autodestrucción. Después de pensarlo mucho, con un esfuerzo ímprobo, he conseguido levantarme. Despeinado, con ojeras y un terrible dolor de cabeza, intento sin éxito justificar lo injustificable. Ese espejo, como el algodón, nunca engaña y me recrimina seriamente: “Querido: Ayer te pasaste tres pueblos. Valiente universitario de principio de los ochenta estás hecho”.
II
PECADOS
Mitigo el malestar de mi cuerpo con un café y una pastilla, a la vez que procuro recordar lo que pasó. Los dolores de mi obligado organismo, siendo grandes, son menores a los de mi espíritu que soporta un sentimiento de culpa por haber perdido el norte de esa manera. Hay momentos ocultos para mí, al final de la noche. Cien bares, mil copas, varios grupos de amigos, dos cuerpos desnudos de mujer a distintas horas y ni siquiera me acuerdo de sus nombres… Me siento sucio en todos los sentidos, un ser abyecto y despreciable. ¿Qué pecados cometería anoche…? O mejor…. ¿Qué pecados no cometería anoche…?
III
MALAS COMPAÑIAS
¡Vaya desastre! Debería evitar esta manía que tengo de confundir la amistad y la compañía de barra. La amistad es entrega sin condiciones, no pasa, se muestra en los días de precipicios cercanos. La amistad es un bien, un patrimonio. La mayoría de mis verdaderos amigos se fueron mucho antes que yo a casa. Debería haberme ido con ellos. No tengo arreglo. He vuelto a juntarme con gente que apenas conozco y no buscaré ninguna excusa. ¿Pretendo echarle la culpa a los demás? Si lo más probable es que la mala compañía sea yo. Seguro que la mala compañía soy yo…
IV
INERCIA
El café caliente arañó mi maltrecha garganta, irritada después de los dos paquetes de tabaco que me fumé ayer. Tumbado en el sofá espero poder reaccionar y volver a ser persona. Ahora tan solo parezco un trapo, un guiñapo. Escudriño mi interior para darle algún sentido a las tontas conversaciones que mantuve. Lejos de las ilusiones, de los sueños, la fe y las convicciones que fueron el esqueleto de mi alma, cimientos firmes de mí manera de ser. Salía siempre indemne de los azares de la vida cuando las ilusiones y los sueños acudían a mi rescate. Hoy que ya no están deambulo como un pelele, liviano cual papel que el viento mece a su antojo, sin ruta segura ni destino razonable. Refugiarme en la noche es un error mayúsculo pues el presunto anonimato de la oscuridad me pervierte. Sin embargo, caigo. Convertido en un patético títere humano caigo una y otra vez. Preocupante esta inercia que me arrastra…
V
REMORDIMIENTO
Procuro levantarme y la resaca me lo impide. Sigo en el sofá. No sé a quién llamar para que me explique lo que pasó anoche. Qué narices pasó ayer para acabar de madrugada en la cama de una mujer desconocida, abrazados y con los cuerpos desnudos. Si por la tarde también acudí al abrigo del sexo con otra mujer parece evidente que no tuve bastante. Es curioso cómo me paso las creencias por el forro, me las salto mis ideas a la torera, con una desvergüenza tal que prefiero no dedicarme adjetivos a mi mismo porque serían terribles. Siempre defendí el sexo por y con amor. Encima siento un remordimiento atroz…No tengo remedio…
VI
SILENCIO CULPABLE
La familia me mira mal. Soy el cuarto de siete hermanos y eso ayudó un poco. Mis hermanos mayores ya hicieron el recorrido de los permisos para llegar tarde. Yo sin negociar hago lo que quiero. A pesar de ello, mi madre en la cocina me pasa revista con mala cara y procura por distintos medios sonsacarme información de lo ocurrido. Yo no suelto prenda, claro. Guardo un silencio culpable. Idéntico silencio culpable que mantengo en el salón con mi padre y mis hermanos. A todas las preguntas respondo con un escueto “Bien”, “Sí” o “No”. Imposible unir varias palabras con cierta coherencia, debo disimular. Es utópico hacerme invisible aunque lo deseo fervientemente. Lo mejor es quedarme calladito…
VII
HUELLAS
Por fin soy capaz de ponerme en pie, vuelvo al espejo en busca de un perdón inmerecido, mi propio perdón. Sin milagro, las huellas del rostro permanecen demostrando los excesos, como también encuentro más signos en el resto de mi cuerpo al desnudarme para la ducha salvadora. Legados de la fiesta, del sexo inútil, vacío y pasajero. El agua cae sobre mi cabeza, cierro los ojos procurando no pensar en nada, igual que pretendo en vano lavar las huellas externas de la jarana. Las internas no se borran, me chillan sin pausa: ¡Eres vulnerable! ¡Eres vulnerable! ¡Eres vulnerable!
VIII
CASTIGO
La ducha me espabila un poco. En realidad mi ser siente el castigo del exceso del alcohol, de los cigarrillos, de tantas horas dando vueltas por la calle como una peonza. El cuerpo entero se queja. Músculos, articulaciones y cabeza, fundamentalmente la cabeza. Por si fuera poco, un olor nauseabundo inunda el cuarto. Esa mezcla vomitiva de alcoholes, sudores, tabacos y perfumes que desprende la ropa que llevaba puesta ayer lo impregna todo viciando el aire. Levanto la persiana, abro la ventana para ventilar la habitación. La luz del sol me hiere los ojos. Molestias detecto debajo de cada poro de mi piel. Al ver la cama desecha dudo si volver a acostarme porque necesito descanso. Siempre dudo en ese momento, dormir sería lo mejor. Este rito canalla se repite últimamente demasiado y no estaría de más que me retirara una temporadita del mundanal ruido para impedir a toda costa, como sea, tamaño castigo. Mi cuerpo me lo agradecería.
IX
CASUALIDAD
Caigo en la cuenta de que tan solo había quedado a mediodía para tomar unas cañas, nada más. No estaba preparado el festival que formé hasta la madrugada. Estas cosas surgen por casualidad. Las variables se conjuran a favor de la juerga continua, duradera y casi eterna. Un amigo, unas cañas, más amigos, más cañas, unos conocidos, unas copas, finalmente el desorden… Digo yo que pasará en Cáceres y en cualquier lugar del mundo… Supongo que son casualidades pretendidas, buscadas y añoradas… Sonrío al recordar a ese amigo que llamó a las seis de la tarde a su madre para decirle que no iría a comer. Un fenómeno mi amigo… Por casualidad su madre ya lo había supuesto, como la mía…
X
DESCONTROL
Caminar por las arenas movedizas del descontrol se premia con la ruina del día siguiente. Descontrol en lo físico, en lo moral, en lo económico. Al pasar lo que yo llamo “la barrera del sonido” ya me da igual todo, no sé terminar. Es muy raro que pare a tiempo. Estoy empezando a reaccionar. Voy siendo persona poco a poco. Extraño sentimiento de culpa que se repite con las mismas circunstancias. La reflexión es siempre idéntica: ¡Haberlo pensado antes! ¡Haberlo pensado antes! Soy un hombre fácil para llegar al descontrol. Nunca lo pienso antes…
XI
MOMENTOS PERDIDOS
Habré de reconocer que hay momentos perdidos, en mi memoria la noche está incompleta y me da pánico no recordar todo lo que hice. Ni siquiera sé si cogí el coche. ¡Qué barbaridad! ¿Cómo es posible que el alcohol me eleve a tal punto de inconsciencia? Hay tantas películas en las que el protagonista no recuerda nada, pero al final siempre final sabe quién es y lo que hizo. Ojalá me pasara a mí lo mismo, pero me temo que no porque jamás termino el puzle de la nochecita. Iré preguntando a unos y a otros a ver si aclaro esos momentos perdidos. ¡Por Dios! Espero no haber metido la pata demasiado. Y… ¿A quién llamo para averiguar lo que hice?
XII
JUEGO
Juego con fuego. La vida no es un juego. La vida es algo muy serio. En una de estas juergas puedo cruzar alguna línea, tener un resbalón y arrepentirme el resto de mis días. Puedo quemarme coqueteando con fuego. Los riesgos son muy grandes pues la noche invita. Ángeles y demonios en lucha sangrienta por la victoria. Alcohol, sexo, drogas, enfermedades. Vuelan cientos de negros cuervos en la noche buscando a sus víctimas. Dista mucho de ser un juego y debo tener un cuidado extremo si no quiero terminar hundiéndome en alguna miseria…
XIII
POR QUÉ
Parece que nada más que soy feliz sin saber quién soy. Raro escapismo el que me inspira y me alumbra para actuar así. Evidentemente está muy claro: no me quiero a mi mismo, ni deseo la vida que llevo. Tengo que ser sincero: esto va más allá de un día de fiesta. Al menos la plena conciencia me ayudará a cambiar de rumbo siempre y cuando encuentre el verdadero por qué. Quizás tan solo sean unas juergas, una época, pero me da miedo pensar que no sea así. Tengo pánico a persistir en este torpe empeño de ser feliz en el escapismo. Algo he leído sobre los mecanismos de autodefensa. Desesperado busco mí “por qué” y es probable que lo halle dentro de mi… Está dentro de mí, lo sé.
XIV
PROPÓSITO DE ENMIENDA
Lo de anoche es imposible ya evitarlo. Habrá una próxima vez y el futuro si puedo modelarlo a mi antojo. Este comportamiento mío es impresentable. Debo huir lejos de los demonios que me invitan: juro por lo más sagrado que no volveré a beber tanto. Prometo por lo más querido que jamás perderé el control. Por fin parezco otro. Estoy arreglado pero sin saber muy bien qué haré en esta mañana tan azul de tremenda resaca. Rectifico: resacón. La cabeza constantemente me lo aclara, me riñe y suplica que no repita la brutal agresión que sufrió. Por lo menos tengo propósito de enmienda, algo es algo…
XV
VOLVER A EMPEZAR
Suena el teléfono en el pasillo. No quedé con nadie para hoy. Lo más probable es que esa llamada sea para alguno de mis hermanos. Dicen que la resaca es la falta de alcohol. La verdad es que necesito esa cerveza salvadora que me ponga en pie. Nada para la resaca como una buena cerveza muy fría. Esa sensación de volver a la vida cuando, bien fresquita, te recorre el cuerpo entero por dentro. En la radio del cuarto de baño suena “Begin the beguine” de Cole Porter, en la versión de Frank Sinatra. Me avisa mi hermana, la llamada si es para mí:
– Hola…
– ¿A tomarnos unas cañas?… ¿A las dos?… ¿En La Fontana?…
– De acuerdo, nos vemos allí.
Del libro “Historias azules” de Fernando Ángel Lumbreras García, Ediciones Alfar (2013)
