Dolor

Aún recuerdo los dolores de cabeza que sufría cuando era un niño. De madrugada venían a visitarme un pequeño grupo de luces blancas que volaban veloces, de un lado a otro, incontroladas en la oscuridad del interior de mi frente. Esas luces auguraban la llegada de un terrible dolor de cabeza que me mantendría en cama y amarrado a la penumbra todo el día. El aciago ritual ya estaba formalmente establecido: Dos y dos son cuatro. Luces igual a dolor de cabeza insoportable. Luces que me obligarían a levantarme, a tomarme una pastilla cada vez más fuerte contra el sufrimiento para después volver a echarme y permanecer allí hasta la tarde. En un coctel insoportable se mezclaban el dolor, el atontamiento por las medicinas y la impotencia de no poder hacer ese día una vida normal. El mareo que me producían esas pastillas del alivio perduraba aún más, pues su efecto continuaba al día siguiente.

En mi memoria permanece imborrable aquel suceso que provocó el mayor de los dolores físicos que he sentido en la vida. Por la mañana fui a la Facultad, por la tarde habíamos quedado varios amigos para jugar un partido de baloncesto. Casi al final del partido un compañero me pasó el balón. Hice una entrada a canasta estilo Michael Jordan o eso me pareció a mí. La jugada fue perfecta pero, tras soltar el balón y bajar del salto al suelo, mi zapatilla resbaló por el empeine del pie de un contrario que se había puesto delante de mí para defender, intentando en vano evitar que consiguiera los dos puntos. El tobillo se torció salvajemente, sus músculos quedaron dañados. El resultado fue un tremendo esguince doble. Cuando llegué a casa el pie era como un poste de teléfono de los que bordean las carreteras nacionales. Me tumbé en un sofá a descansar un poco pero una llamada de teléfono me hizo salir del sopor en el que me encontraba. En aquella época, a mediados de los años ochenta, aún no había inalámbricos en casa y no tuve más remedio que levantarme. Del pie dañado ni acordarme. Lo apoyé en el suelo con total normalidad. Eso me provocó un dolor tan intenso que no recuerdo otro mayor. El cuerpo entero se crispó sintiendo el estropicio y una nube de estrellitas acudió a mi cabeza. Jamás pensé que existieran a pesar de que lo había visto un millón de veces cuando algún personaje de los dibujos animados sufre un batacazo o si le dan un fuerte golpe. Al día siguiente fui al hospital. Mientras me ponían la escayola pude escuchar en una pequeña radio a Juan Antonio Samaranch anunciando en directo que Barcelona organizaría los Juegos Olímpicos de 1.992. Nunca volví a jugar un partido de baloncesto. Yo no lo he lamentado demasiado y el baloncesto creo que nada porque el parecido con el juego de Michael Jordan fue pura coincidencia.

Antes de que se celebraran los Juegos Olímpicos de Barcelona me acerqué a los dolores de un niño. Mi hijo tendría poco más de un año. En aquel entonces siempre andaba con problemas respiratorios, episodios que en ocasiones requerían antibióticos. En uno de ellos se encontraba cuando sufrió la incompetencia de un desalmado practicante de cuyo nombre ni quiero, ni puedo acordarme. Al poner las inyecciones mal, superficialmente, le quemó la piel de ambos glúteos. Hubo que internarlo en el hospital infantil unos días y jamás se han borrado de mi memoria aquellas caras, las pieles enfermas, los pequeños cuerpos entubados. Todo se mezclaba en aquella sala de vigilancia intensiva. A la vez se respiraba un ambiente de unión frente a la adversidad provocado por la impotencia y los deseos de que aquellos pequeños volvieran a hacer una vida normal de juegos, risas y ajetreo. Los ojos de mi hijo, normalmente alegres y risueños, mostraban una tristeza hiriente que me punzaba el alma.

Hoy leo cosas sobre el dolor físico, sobre el umbral del dolor que es distinto para cada persona. He visto de cerca dolores fuertes, inaguantables, intensos, duros. Conocí dolores tremendos necesariamente anestesiados. Sin embargo, sonrío cuando por el susto un niño llora escandalosamente tras caerse al suelo, sin tener apenas daño, porque con un simple beso se cura. Tan solo hace falta un “Sana, sanita, culito de rana, si no sana hoy, sanará mañana” para que el chiquillo retorne a sus andanzas. Muchas veces lloro yo también, como ese niño del susto, por el dolor de las tragedias de este mundo aunque sean lejanas y ajenas. Llega de inmediato la hipocresía de la vida, casi no colaboro y participo de una solidaridad efímera y pasajera, al igual que la mayoría de los mortales. Menos mal que aún existen excepciones de gentes de corazón azul que se entregan a las causas con total sinceridad, en cuerpo y alma, haciendo de ello un modo honesto de vivir.

Lamentablemente tuve que aprender que el dolor físico es un juego de niños en comparación con los dolores del alma. Nuestras vidas un buen día dejan de ser planas. Un hecho dañino, abrupto y salvaje, despierta el primer sufrimiento intenso en el alma y jamás volvemos a ser los mismos. Bien pudiera ser una muerte, un desengaño amoroso, cualquier motivo suficiente que zarandea nuestro espíritu. La verdad es que es muy difícil el hallar la anestesia y la sedación para los dolores del alma. Los arrinconamos, los guardamos en pequeñas cajitas que permanecen en nuestro interior hasta el final de la vida, escondiéndolas muy adentro para no saber de ellos. Así los dolores no molestan, no respiran, así parece que ni están…

El dolor es la parte de nuestra existencia que no queremos, tampoco lo festejamos y menos todavía lo aceptamos. Más vale, sin embargo, acostumbrarse porque carecemos de noticias sobre una vida sin heridas en el cuerpo o en el alma y estando yo tan cerca de los cincuenta años aún tengo por conocer a aquel que no luzca algún recordatorio en su piel ni acarree una o varias cajitas a cuestas con ocultos y terribles dolores.

Del libro “Historias azules” de Fernando Ángel Lumbreras García, Ediciones Alfar (2013)

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