LOS MUERTOS VIVEN

Sucedió un frío atardecer de otoño. Era sábado y la chimenea funcionaba a pleno rendimiento caldeando toda la casa. Mis hijos jugaban tranquilamente sobre la alfombra. No se peleaban, estaban entretenidos. Debo aclarar que Jorge tiene seis años, Pedro cuatro. Es hasta cierto punto normal que alguna vez discutan por tonterías, a pesar de ser también inseparables. En mi sillón, yo podía disfrutar de un delicioso y envolvente libro de poesía. Todo parecía perfecto.

Nada hacía pensar lo que pasó después y que cambio la tarde por completo. Mi mujer entró en el salón. Se acercaba el dos de noviembre, día de los difuntos. Me recordó, antes de seguir con sus cosas, que debíamos ir al cementerio para llevarles flores a mis padres como todos los años. Cuando ella salió del salón, Jorge se levantó súbitamente del suelo y se acercó a mí. Cogiéndome del brazo, me susurró una pregunta al oído. Fue una de esas interpelaciones que los niños disparan sin curiosidad malsana, investigando, deseando aprender. Sin embargo, planteó un tipo de interrogantes que nos desarma a los mayores, nos turba en extremo. Nunca atinamos muy bien ni cómo ni qué contestar. El chico, Pedro, notando que algo se cocía también vino a mi lado. Allí estaba yo frente a los dos sin saber la manera de encarar la situación. Dejé mi libro de poesía y, pausadamente, contesté. He intentado anotar los argumentos, las palabras, lo que dije y la forma en que lo hice, sin omitir detalle, para valorar si afortunado estuve. No tengo claro que pudieran asumir las ideas procuraba inculcarles. Tampoco logro entender, por más que leo mis notas, lo que me indujo a hablarles así teniendo en cuenta que traté casi más de la vida que de la muerte. Mi hijo me preguntó:

– Papá… ¿Los muertos viven?

Esto es lo que he conseguido recordar de cuanto les dije:

– Sentaros aquí, en mis rodillas. Pedro, tu hermano me ha preguntado por los muertos. Quiere saber si viven después de muertos.

– ¿Sabéis lo que es un muerto? Hijos míos la existencia de una persona empieza y acaba. Eso no se puede cambiar. Igual que nacemos, tenemos que morir. Hay un tiempo determinado que pasa y luego el cuerpo finalmente se destruye.

– Debéis entender que a lo largo de la vida conoceréis gente, haréis amigos, viajareis… Es posible que fundéis una familia y tengáis hijos. Trabajaréis con buenos compañeros… Pasarán muchas personas por vuestras vidas. Os querrán siempre si sembráis cariño, incluso cuando ya no estéis…

– Puede que hagáis muchas cosas. Mirad, el libro de poesía que estoy leyendo lo escribió un señor que se llamaba Quevedo y hace siglos que murió. Muchos, muchos, muchos años atrás. Él aún vive en este libro y en mí al leerlo. Quizás escribáis, pintéis cuadros o es posible que seáis escultores o médicos. Tal vez plantéis un árbol y construyáis un edificio. Seguro que haréis algo bueno, aunque no sea material, que dure más que vosotros.

– Los muertos viven, hijos míos. Cuando alguien se va para siempre sigue vivo en cada persona que aún le quiere y aprecia lo que hizo. Se le recordara constantemente o solo a veces, pero se le recordará. Hace años que murieron mis padres. Fijaros bien: les recuerdo a diario, no me olvido les recuerde. Viven en mí y yo os hablo de cómo eran, os muestro sus fotografías, procuro trasladaros todo lo que me enseñaron. Sigo encontrándome a sus amigos y me emociona que todavía hablen de ellos con afecto, a pesar del paso del tiempo.

– Niños: los muertos viven porque hicieron cosas importantes. Las gentes les mantienen en su memoria, conservan el agradecimiento. Un libro, una escultura, una canción o toda una vida dedicada a los demás, al deporte, a la ciencia o cosas muy pequeñas pero que merecieron la pena. Si ayudáis a alguien que está en graves apuros se acordará de vosotros mientras viva y lo transmitirá a quienes le rodean, aunque hayáis muerto.

– Mientras dure su recuerdo, los que ya no están, viven… Siguen ahí para mostrarnos el camino, para que aprendamos de sus errores. No podemos solo pensar en el presente o en el futuro, despreciando el pasado. Cuando estudiéis Historia lo entenderéis mejor. Hay que recordar el pasado para hacer un presente y un futuro mejor.

Dudo que mis hijos me entendieran. Lo vi en sus inocentes caritas. Permanecieron mirándome fijamente mientras escuchaban atentos lo que muy despacio les iba diciendo. Doy por hecho que sintieron que les hablé con el corazón porque al terminar los dos me dieron un beso, antes de saltar de mis rodillas para seguir con sus juegos. Seguro que debiera haber tratado otros muchos temas como la religión. O explicarles el cielo y el infierno, por ejemplo. También pude mencionar a los que no creen que haya nada después de la muerte y las cuestiones del alma, pero son tan pequeños que lo dejaré para más adelante. Después repetí tantas veces en mi cabeza cien respuestas distintas, incluso afortunadas, didácticas… Terminé por rendirme totalmente desesperado. Fue en vano y frustrante porque ya había pasado, no podía volver atrás. Reconozco la inutilidad de preparar bien estas conversaciones trascendentales aún sabiendo que más tarde o más temprano van a llegar. Se me ocurre qué pasará igual con el tema del sexo. Menos mal que aún queda bastante para abordarlo o eso creo yo. Ellos permanecieron jugando un largo rato, como si no hubiera pasado nada, mirándome y sonriendo de vez en cuando. Hubiera querido seguir leyendo pero no fui capaz. Imposible olvidar el suceso, quedé absolutamente descolocado, porque educar a un hijo es algo muy serio. Nadie me enseñó a hacerlo y me preocupa. Aquel día no sé si lo hice bien. Sin embargo, lo curioso en verdad y que me sigue llamando la atención después del paso de los meses es que tras aquella charla mis hijos tardaron una semana en volver a pelearse entre ellos y parece que se quieren más cada día. A fuerza de ser sincero ignoro si la charla sobre vivos y muertos tiene algo que ver en todo eso. Quiero pensar que si. Me gusta pensar que si.

Dedicado a los que tanto amé y ya no están con nosotros. También en recuerdo de Belén y Topy, amigos de mis hijos, que se fueron demasiado pronto.
Fernando ángel Lumbreras García.

Del libro “Historias azules” de Fernando Ángel Lumbreras García, Ediciones Alfar (2013)

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