“Al partir un beso y una flor”, así terminaban todas las cartas que Violeta había encontrado en el desván de su nueva casa hace apenas unos días. Era la única frase que sobrevivía de toda esa vorágine de palabras que habían devorado el papel hace por lo menos 30 años.
Sin firma, ni fecha, ni destinatario, el tiempo había borrado la personalidad y la vida de esas letras. Solo perduraba junto a la cita la firma de una A. elegantemente trazada.
La curiosidad la removía, sabía que era una canción pero a cada minuto imaginaba una emocionante historia, llena de pasiones, amores y traiciones. Inventaba exagerados por qué para esa forma tan peculiar de cerrar la pequeña vida de una carta. No reparó, simplemente, en que la música basta, porque siempre perdura.